Un argumento recurrente entre los líderes que se resisten al cambio es la defensa de la "cultura de la empresa", supuestamente ligada a la presencialidad. Pero, ¿a qué cultura se refieren? ¿A la del cafecito y la palmada en la espalda, o a una cultura real de confianza, autonomía y responsabilidad compartida? La resistencia al home office a menudo es una máscara que oculta problemas más profundos: la falta de sistemas de gestión por objetivos, la ausencia de métricas claras y, sobre todo, un liderazgo que no ha sido entrenado para liderar sin la muleta del control presencial.


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