Entre la isla y el mar se encuentra la orilla donde un turista decide disfrutar del sol mientras se relaja extendido sobre una cama flotante. Los rayos cálidos del sol broncean su piel mientras el viento acaricia su cama, generando un suave vaivén. Es una tarde calmada, donde el turista encuentra paz y descanso a su alrededor. Las preocupaciones de su mente se disipan con el suave movimiento del mar, debajo de él, soportando su peso y meciéndolo como a un niño recién nacido. Es una escena hermosa, digna de un cuadro titulado “serenidad”.
El turista se deja llevar por el engañoso mover de la marea y queda dormido, sabiendo en su interior que una siesta reparadora es lo único que falta para que esa tarde sea perfecta, para despertar animado, feliz, vigoroso y preparado para la vida. Sin embargo, el mar es como la vida, estimado lector. Para no quedarse en la arena, el turista tuvo que aplicar algo de fuerza y esfuerzo para colocar la colchoneta en la orilla y nadar hacia un punto intermedio, donde la marea no lo arrastrara de vuelta a la orilla ni lo revolviera. Pero ahora, al despertar, se da cuenta de que debe salir de esa zona intermedia y adentrar mar adentro.
Divisa que al alejarse mucho de la orilla puede tener problemas para regresar, por lo que decide nadar con la ayuda de sus brazos. Cambia de posición en la colchoneta, se coloca boca abajo y utiliza sus brazos para nadar de vuelta a ese punto intermedio en el cual se sentía cómodo hace unos minutos. Tendrá que apelar nuevamente a su esfuerzo, a su fuerza para nadar, a la suerte para que la marea lo empuje y no lo retenga, y, quién sabe, a la fe, para no terminar pidiendo auxilio a gritos, esperando que alguien lo escuche.
La vida es como el mar, estimado lector, porque no podemos quedarnos eternamente en esa zona intermedia, dormidos, relajados, cómodos. Habrá momentos en los que debemos movernos de la orilla hacia el mar. Tomar la decisión de avanzar, utilizar nuestras herramientas y confiar en nuestra fuerza y esfuerzo para avanzar hasta llegar a esa zona intermedia, porque sabemos que quienes no toman esa decisión pueden vivir arrepentidos de no haber disfrutado ese momento de paz y relajación. Sabemos que quienes se quedan en el «¿y si lo hubiera hecho?» caen en depresión al preguntarse constantemente por el pasado y por la incertidumbre de no saber si tomaron la decisión correcta.
Por otro lado, los ansiosos no supieron disfrutar el presente, no disfrutaron el baño refrescante al meterse al mar ni el momento de paz que ofrecía la zona intermedia. Ahora están desesperados por volver a la orilla, agitando los brazos sin control, pasando por la zona intermedia con la idea de que jamás quieren regresar, repitiéndose una y otra vez que sabían que eso pasaría. Por último, están los estresados, quienes no disfrutaron el momento en que ingresaron al mar, ni la zona intermedia, a pesar de que la naturaleza hizo todo para relajarlos y en mar adentro, solo ven la forma de salir desesperados porque siempre estuvieron obnubilados por sus propios pensamientos.
Puede parecer repetitivo, pero la moraleja es clara: si vives en el pasado, lamentarás las decisiones que no tomaste y no disfrutarás la aventura, incluso de equivocarte. Si vives en el futuro, solo querrás que las cosas siempre salgan como deseas, y si no es así, profetizarás una vida llena de desgracias que aún no han sucedido y no sabemos si se darán. Si vives en el presente, pero amargado y obnubilado por cosas sin mucho valor o sentido, jamás disfrutarás lo que dejaste de hacer por algo mejor, ni las experiencias que te perdiste, por solo enfocarte en tus prioridades.
¿Qué pasó con el turista al final? Encontró un trozo de madera flotando, tal vez la rama de una palmera, la cual agarró y le dio el empuje necesario para avanzar. Al llegar a la zona intermedia, pudo tomarse un respiro y descansar. Al levantar la mirada, vio un montón de personas en la orilla de la playa formando un cordón humano para poder alcanzarlo. Al llegar a tierra firme, se echó en la arena y agradeció al cielo por volver a tocar suelo firme.
La vida es como el mar, estimado lector: puedes quedarte en la orilla, descansar en tu zona de confort o batallar en aguas profundas, pero lo cierto es que nunca deja de moverse. Te llevará de un lado a otro, y lo único que puedes hacer es adaptarte según la zona en la que estés. El mar no te matará, la desesperación sí. Uno de los factores de riesgo para el ahogamiento, según la Organización Mundial de la Salud, es la falta de prevención, como la enseñanza básica de natación (flotar, mantener la calma, moverse calmadamente y esperar que la marea apunte hacia la orilla). En conclusión, debemos saber adaptarnos a cada zona donde la vida nos lleve, saber cuando remar a la orilla, cuando respirar y recuperar fuerzas en la zona intermedia o de confort y cuando tomar el valor de lanzarnos hacia el mar, hacia la aventura buscando un futuro asertivo, alegre, satisfactorio, donde nos visualicemos superando el logro.
Trata de buscar ese «justo medio» en tu mentalidad, ese justo medio del que tanto hablaba Platón, no dejes que el miedo al pasado (depresión), al futuro (ansiedad) o al presente (estrés) te evite disfrutar la vida. Como decía esa frase muy conocida de una antigua canción: «El camino se hace al andar».